“Imagínate que te encuentras un bebé tirado en medio de la calle y llorando. ¿Qué harías?”. El que recibió esa pregunta en 1992 fue Satya Nadella cuando participaba de un proceso de ocho horas de entrevistas para incorporarse a Microsoft.

La empresa con sede en Redmond (a 21 km de Seattle, en el noroeste de los Estados Unidos) todavía no había lanzado Windows 95, el sistema operativo que la posicionaría como uno de los planetas centrales en el universo tecnológico.

La compañía –fundada en 1975 por Bill Gates y Paul Allen– tampoco tenía el tamaño que Nadella encontraría cuando en febrero de 2014 asumió como su tercer CEO, después de Gates y Steve Ballmer, ni el que ostenta en la actualidad: un gigante multinacional de 120 mil empleados, un cuartel central que se despliega en 202 hectáreas y más de 120 edificios para atender las necesidades y urgencias de mil millones de clientes.

Al escuchar aquel interrogante, Nadella llevaba apenas cuatro años en los Estados Unidos, a donde había llegado con 21 desde India –el país en el que nació– para realizar una maestría en ciencias de la computación, ya recibido de ingeniero electrónico.

En febrero de 2014, el Consejo de Administración de Microsoft lo eligió como nuevo CEO a Satya Nadella

Antes de ser tentado por Microsoft, había creado aplicaciones para Oracle y trabajado dos años en la mítica Sun Microsystems, uno de los iconos del Silicon Valley, pero por sobre todas las cosas era uno de los testigos directos de ese big bang que aceleró el desarrollo de la industria informática. Allí estaba entonces, en 1992, en Microsoft, con el deseo de trabajar en un software que cambiara el mundo.

Todo esto está contado en Oprime refrescar. La aventura de redescubrir el alma de Microsoft (Harper Collins, 2017), un libro en el que Nadella mezcla historia personal y del negocio para describir el giro copernicano que tuvo la empresa desde que él se puso al frente del timón.

Y una de las políticas que desplegó para lograr esa transformación surgió de la respuesta que Nadella dio a aquella pregunta sobre el bebé y que casi lo deja afuera de la compañía.

¿Qué haría si se encontrara frente a esa situación? Nadella pensó varios minutos y respondió que llamaría al 911, el teléfono de emergencias. Entonces, el colega que lo entrevistaba le puso un brazo sobre el hombro, lo sacó de la oficina y le recomendó: “Necesitas un poco de empatía, amigo. Si hay un bebé tendido en la calle y llorando, tómalo en tus brazos”. Pese a la respuesta que había dado, Nadella logró el contrato que marcaría el inicio de una trayectoria que 22 años después lo ungiría en el mando principal.

Sería la empatía una de las capacidades que Nadella desarrollaría desde entonces, no sólo por asuntos corporativos, sino también domésticos porque al poco tiempo –ya casado con su novia de la adolescencia– nació su primer hijo con una parálisis cerebral. Cualidad que también pondría en práctica cuando en 2014 alcanzó la posición de número uno y la empresa atravesaba cierto estancamiento frente a competidores como Apple, Amazon, Google y Linux, que habían desarrollado productos de impacto mundial en el negocio de los sistemas operativos, los teléfonos celulares, la web y la inteligencia artificial.

La tecla afectiva

“Ser esposo y padre me ha llevado por un periplo emocional –recuerda–. Me ha ayudado a desarrollar una comprensión más profunda de todo tipo de personas y de lo que pueden conseguir el amor y el ingenio humano. (…) Entendí que sólo experimentando los altibajos de la vida podemos desarrollar empatía; que, para no sufrir, o al menos para no sufrir tanto, hemos de interiorizar la temporalidad (…) Si comprendiéramos profundamente el carácter transitorio de las cosas, desarrollaríamos más ecuanimidad. No nos entusiasmarían tanto los ‘altos’ ni nos afectarían tanto los ‘bajos’ de la vida. Solo con esta comprensión podremos desarrollar este sentido más profundo de empatía y compasión por todo lo que nos rodea”.

Nadella está convencido de que la empatía inspira en el trabajo, incluso en empresas que desarrollan tecnologías; y pone como ejemplo una herramienta de Microsoft que sigue los movimientos del ojo en personas con parálisis cerebral y esclerosis lateral amiotrófica, para ayudarlas a ser más independientes. U otra tecnología que traduce en tiempo real y permite comunicarse vía Skype o teléfonos celulares sin barreras idiomáticas.

“La empresa –describe– estaba enferma, y los empleados cansados y frustrados, hartos de perder y quedarse atrás a pesar de sus estupendos planes e ideas. Llegaron a Microsoft con grandes sueños, pero sentían que lo que realmente estaban haciendo era ocuparse de gestiones administrativas, rellenar impresos fiscales y discutir por nimiedades en las reuniones”.

La ola tecno-sensible

Cuando les habló aquel día ya como CEO, Nadella postuló que tenían que “redescubrir el alma de Microsoft, nuestra razón de ser. Había entendido finalmente que mi principal trabajo era sanar nuestra cultura para que cien mil mentes inspiradas que trabajaban en Microsoft pudieran configurar mejor nuestro futuro”. También les recordó: “Nuestra industria no respeta la tradición, sino la innovación. Nuestro desafío colectivo es hacer que Microsoft prospere en un mundo que prioriza las tecnologías móviles y la nube”.

No sólo de la empatía sacó principios para aplicar en el ámbito corporativo. También del criquet, el deporte más popular en la India, de bate y pelota, que enfrenta a dos grupos de once jugadores. “Competir con energía y pasión ante la incertidumbre, poner a tu equipo primero y generar liderazgos que saquen lo mejor de cada uno y refuercen la confianza de una persona y un equipo”, describe.

Para el primer año, Nadella se propuso “comunicar con claridad y regularidad nuestra misión, cosmovisión y ambición innovadora y comercial; impulsar un cambiocultural de arriba a abajo, y conseguir situar el equipo correcto en el lugar correcto; desarrollar nuevos y sorprendentes acuerdos con otras empresas que permitan ampliar el pastel y deleitar a los clientes, y estar preparados para aprovechar la siguiente ola de innovación y cambios de plataforma”.

Con la llegada de Nadella, sobrevino la compra de LinkedIn por 26.200 millones de dólares y de la empresa Mojang –creadora del exitoso Minecraft–, por 2.500 millones; se reafirmó la alianza con Apple que permitió un fuerte desarrollo del pack Office para iPad; sellaron acuerdos con Dropbox o IBM; entraron a la Fundación Linux –el consorcio establecido para aumentar el crecimiento de ese sistema operativo abierto–; se apostó a la realidad virtual, las aplicaciones móviles, la llamada nube y la inteligencia artificial, y se lanzó la versión 10 de Windows desde Kenya por una cuestión simbólica y estratégica. Porque el “líder empático” –otro de los conceptos que Nadella desarrolla– es aquel que está afuera, en el mundo, “conociendo a las personas allá donde viven, y viendo cómo afecta a sus actividades diarias la tecnología que creamos”.

Microsoft Redmond Campus, el cuartel central de esta empresa tecnológica

Alianzas de titanes

“Me gusta pensar que la C de CEO significa cultura. El CEO de una organización es el guardián de su cultura (…) Cualquier cosa es posible para una empresa cuando su cultura consiste en escuchar, aprender y sujetar las pasiones y talentos personales a su misión”, postuló, y por ello concentró el mayor esfuerzo en el obstáculo más elevado: transformar la cultura de Microsoft.

Nadella trabajó en evangelizar para que los empleados abandonaran la pose de lo sabemos todo hacia una de aprender o reaprender, incluso de empresas competidoras. No es casual entonces que en 2016 participara junto con otros gigantes como Amazon, Apple, Facebook, Google e IBM del consorcio Partnership on IA, una organización sin fines de lucro para “contribuir a una mayor comprensión pública de la IA y formular mejores prácticas ante los desafíos y oportunidades que se generan en este campo”.

Para Nadella, “la colaboración hará avanzar la investigación para el desarrollo y la comprobación de la seguridad de la IA en áreas como los automóviles y atención sanitaria, la colaboración entre la IA y los seres humanos, los trastornos en la economía, y la aplicación de IA para el bien social”. Y en este campo, Nadella vuelve sobre la empatía, “tan difícil de replicar en las máquinas, (pero que) tendrá un valor incalculable en el mundo de la IA humana (porque) será crucial la capacidad de percibir los pensamientos y las sensaciones de los otros, de colaborar y de entablar relaciones”.

“Si esperamos aprovechar la tecnología para responder a las necesidades humanas –plantea–, los seres humanos debemos ir por delante en el desarrollo de una comprensión más profunda y un respeto por los valores, culturas, emociones y motivaciones de unos y otros”.

El gurú

Nacido en la India el 19 de agosto de 1967, Satya Nadella se formó como ingeniero electrónico y migró a los Estados Unidos a los 21 años para realizar una maestría en Ciencias de la Computación.

Allí, comenzó trabajando en la empresa Sun Microsystems, y desde 1992 pertenece a Microsoft, donde ha hecho carrera.

En febrero de 2014, el Consejo de Administración de Microsoft lo eligió como nuevo CEO de la compañía, iniciando con él una nueva época signada por una manera distinta, más sensible, de entender el vínculo entre tecnologías y humanos.