Entre las epidemias de antigua data se cuentan la acontecida entre 1608 y 1609, que atacó con preferencia a los indios y al ganado.

Desde los primeros tiempos de nuestra ciudad –dice un cronista de Buenos Aires- hubo lo que llamaban “pestes”, sin precisarse el carácter de las mismas, por lo cual es de suponer que se trataba, en la mayoría de los casos, de enfermedades comunes que por temporadas ocasionaban más defunciones que de ordinario…

La de 1621, murió mucha gente de servicio; la de 1641 a 1643, época en que hubo una gran seca, y las que se produjeron entre 1652 y 1672, que también atacaron con intensidad a las personas de servicio.

La primera epidemia importante de que tienen registros se presentó en la ciudad en 1717, causando grandes estragos, sobre todo entre negros e indígenas.

Una junta de médicos, reunida a iniciativa del gobernador Zabala, estudió el asunto y declaró “que las enfermedades que comúnmente hoy están agravando el lugar parecen ser unas calenturas pútridas malignas, las cuales se demuestran por sus accidentes, precedidos de diferentes causas, sin participar por ningún modo, según el sentir de todos, de malignidad de peste”.

Decía más adelante “que por lo que se ha experimentado en los principios, que el que ha sudado bien ha sido en breve sano”.

El Cabildo, considerando que la causa principal del mal era la pobreza de los enfermos, como socorro resolvió donar de los fondos comunales la suma de trescientos pesos, suma importante, en relación a los recursos de la época.

Esta cantidad debía ser engrosada con los fondos que obtuvieran los cabildantes, quienes a tales fines dispusieron salir personalmente a pedir limosna por la ciudad, manifestando que si el gobernador quería imitarlos, los alcaldes saldrían en compañía.

El obispo, fray Pedro Fajardo, por su parte, organizó una procesión para rogar a Dios por la terminación de la pandemia.

En 1727 se desarrolló otra epidemia que causó gran número de víctimas. En esta ocasión, los cadáveres de los menesterosos, puestos sobre cueros o envueltos en trapos, eran llevados a enterrar arrastrados por caballos.

Estos tristes espectáculos movieron a Juan Alonso González a fundar la Hermandad de Caridad, uno de cuyos fines era dar sepultura gratuitamente a los necesitados.

Esta epidemia debe ser la que, según los datos oficiales, corresponde al año 1728, pues en éste se registra el 90,3 por mil de defunciones, contra el 23 del año anterior, y el 37,2 en 1729.

Hubo otras “pestes” en 1734, 1739 y 1778.

La viruela tuvo antiguamente en la ciudad carácter endémico. Refiere el deán Funes que, por orden del rey de España, en 1803 se comenzó a alistar una expedición al Río de la Plata, para introducir e implantar la vacuna antivariólica, con el fin de combatir la enfermedad que ocasionaba tantas defunciones entre la población y los indígenas.

Habiéndose retrasado la expedición, antes que ésta llegó a Montevideo, en 1805, una fragata portuguesa cuyo dueño era Antonio Machado, que hizo conocer allí la vacuna, que pasó inmediatamente a Buenos Aires por medio de una negra vacunada.

De la negra se transmitió otros la inmunización, por lo que fue luego manumitida. Poco después de esto llegó a la ciudad la expedición enviada por el monarca español.

El ilustre sacerdote argentino Saturnino Segurola fue el primero que se ocupó con dedicación y constancia en extender por todo el país la práctica de la vacunación, entonces muy resistida por el pueblo.

Segurola, gloria del clero argentino, vacunaba personalmente, ejerciendo su filantrópica obra las con absoluto desinterés. El virrey Cisneros lo designó en 1809 comisario general de la vacuna; año más tarde fue director general de escuelas.

El servicio sanitario retirando los fallecidos por la fiebre amarilla

Frente al Parque Chacabuco, en las calles Puán y Baldomero Fernández Moreno, se conserva un Pucará centenario a cuya sombra se sentaba el deán Segurola y el general Las Heras, pariente suyo. Es tradición que al pie de ese árbol, entre los años 1810 y 1830, Segurola vacunaba al vecindario; estaba en ese lugar la quinta de su familia.

Haciéndose cada vez más severa e ineludible la aplicación del descubrimiento de Janner, a principios del siglo XX se ha conseguido hacer desaparecer de la ciudad tan grave mal.

En 1858 hubo una epidemia de fiebre amarilla que produjo cerca de cuatrocientas muertes.

En 1867 el cólera azotó la ciudad, alcanzando a unas ocho mil las personas atacadas. Al año siguiente reapareció, repitiéndose en 1874, 1886 y 1887, pero ocasionando ya menos defunciones. Durante la epidemia de 1886 se habilitó un lazareto en la calle Azcuénaga, cerca de la de Córdoba.

La más grande y terrible de las pandemias que soportó la ciudad fue la de la fiebre amarilla de 1871, cuyo primer caso se constató el 23 de enero, en una señorita que vivía en Bartolomé Mitre al 1400.

Tuvo una duración de casi cinco meses y causó alrededor de trece mil seiscientas víctimas. El 10 de abril se registró el número más alto de defunciones, pues pasaron del medio millar.

El cementerio del Sud, donde se enterraban las víctimas de la peste, se llenó de cadáveres, por lo que hubo que habilitar el primero de la Chacarita, donde hoy está el Parque Los Andes; estaba prohibido inhumar en otro cementerio que éste, y las exhumaciones no se iban a poder efectuar antes de los cinco años.

Familiares que tenían su bóveda en la Recoleta no pudieron llevar a ella sus muertos, pues la orden se cumplió con rigor.

Mientras la peste hacía sus estragos en la población, se produjeron escenas memorables; las escuelas, oficinas públicas, templos, teatros, etc., fueron clausurados. Las autoridades, en su mayoría, huyeron al campo; el gobierno decretó un prolongado feriado, que terminó el 14 de mayo.

El Congreso Nacional y la Legislatura provincial, que entonces tenía su sede en la ciudad, iniciaron sus períodos con más de dos meses de atraso.

Como dato ilustrativo de la paralización comercial agregaremos que el 11 de abril en la Aduana ingresaron cuarenta pesos fuertes solamente.

En los cementerios no se conseguía dar sepultura a todos los cadáveres, que llegaban continuamente en grandes cantidades. Un día del mes de abril eran seiscientos los muertos que permanecían insepultos.

Los enterradores pagaban también su tributo al flagelo, por lo que fue necesario, en algunas ocasiones, recurrir a las fuerzas policiales para que cooperaran en la tarea de enterrar muertos.

El terror a la propagación de la peste y la gran cantidad de defunciones obligaron a proceder con apuro, habiéndose producido casos de enterrados vivos, cosa que ocurrió, entre otros, a una mujer francesa de vida alegre y que, advertido a tiempo, pudo ser salvada.

 

fuente: www.revisionistas.com.ar