¿Qué recuerdos guardamos de esta poetisa, integrante del selecto universo de quienes no precisan ser llamados por su apellido? ¿Sabemos de su decisión implacable de adentrarse al mar a buscar su muerte? ¿De su vínculo con el feminismo, la intelectualidad, la vanguardia? ¿Acaso nos resuenan sus versos más famosos?

Esta suma de detalles puede haber contribuido a engrandecer su nombre. Pero ella también cumplió con ciertas reglas tácitas para elevarse a categoría de mito. Así lo afirma el escritor Ernesto Costa Perazzo, autor de cuatro libros de poesía y miembro de la Sociedad Argentina de Escritores: “Mandar su último poema a La Nación antes de suicidarse es propio de una personalidad extraña, con necesidad de trascendencia muy importante, y a la vez un espíritu elevado”.

Lo cierto es que hoy, a 126 años de su nacimiento, la figura de Alfonsina supera en fama a su propia obra, compartiendo un imaginario podio de las letras junto a las escritoras Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou.

Alfonsina Storni nació en un pueblito de la suiza italiana, Sala Capriasca, el 29 de mayo de 1892. A los cuatro años su familia emigró a nuestra provincia de San Juan y en 1901 se instalaron en Rosario. Creció pobre, sufriendo los conflictos de un padre, según se atisba en sus poemas, bebedor y a veces vagabundo.

De chica trabajó como moza, costurera y obrera. A los 15 años fue actriz durante una temporada, y más tarde se mudó a Coronda, cerca de Santa Fe, para estudiar y recibirse de maestra rural. Ernesto Costa Perazzo, santafesino, nos acerca sus recuerdos: “Crecí con la imagen muy fuerte de Alfonsina en mi casa, era amiga de mi familia. Debe haber tenido un gran encanto personal, todos quedaban muy impresionados con ella. Con su sentido del humor, con su inteligencia para mirar la vida. Además tenía una especie de feminismo extraño, sostenía que la mujer necesitaba profundamente del hombre y del amor. Y eso, creo, es la maravilla más grande”.

La carrera docente la inició en Rosario y allí publicó sus primeros poemas. A los veinte se mudó a Buenos Aires, afrontando una decisión escandalosa para la época: tener a su hijo, Alejandro, sin revelar la identidad del padre. Sin embargo, su nueva condición no la estigmatizó: fue madre soltera, el hijo llevó su apellido, y ella se abocó a trabajar para mantenerlo.

Instalada en la gran ciudad, a los 24 años publica su primer libro de poemas, La inquietud del rosal, que ella misma se encarga de fustigar ni bien aparece: “Un pésimo libro de versos. Pero lo escribí para no morir”. Dos años más tarde aparece El dulce daño. Ya una asidua colaboradora en varias revistas y su nombre comienza a circular por el mundillo literario. Pero es con Languidez, cuando se vuelve famosa.

Este dato nos retrotrae a un tiempo y a una Argentina que, claro está, ya no existen: ¿una poeta, con un libro agotado? Suena inverosímil.

Sobre nuestros cambios culturales, Costa Perazzo afirma: “hoy la poesía dejó de estar de moda. No se vende. Cuando Alfonsina escribe, en la década del ’30, por supuesto tampoco era de consumo masivo, pero se valoraba muchísimo más. Quizás en aquellos tiempos los argentinos teníamos más necesidad de leer poesía”.

Exitosa y sufriente

Para la época en que su celebridad aumenta, los cenáculos de cultura la incluyen; se hizo amiga del pintor Benito Quinquela Martín y de los escritores Horacio Quiroga y Baldomero Fernández Moreno. Alfonsina vivía su plenitud artística: su obra era bien recibida también en España. Disfrutaba del reconocimiento del público y del respeto de sus pares.

Sin embargo, sufría crisis de angustia y profundos miedos. Sentirse querida y admirada no era protección suficiente contra sus propios fantasmas. Los médicos le aconsejan reposo para compensar su exceso de trabajo. Estaba sola, Alfonsina, se movía en un mundo de hombres. Concurría a las tertulias nocturnas y trabajaba todo el día para mantener a su hijo, en una sociedad prejuiciosa.

Gary Vila Ortiz, ex jefe de redacción del diario rosarino La Capital y ex director de Cultura de Rosario, evoca a Alfonsina confirmando su complejidad. “Estuviera donde estuviera se sentía sola y triste, no sólo por haber estado enferma, sino porque eso era parte de su espíritu, rotundamente pleno de libertad. Fue una poeta rodeada de soledad”.

Cuando en 1930 Alfonsina viaja a Europa, frecuenta reuniones literarias con Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna.

Cuatro años más tarde publica Mundo de siete pozos, experimental y distinto a todo lo que ha escrito. Costa Perazzo explica la razón: “es muy inquieta, muy personal, y va buscando. Tiene búsquedas poéticas y llega, al final, a un cambio profundo de expresión en su escritura. No solamente porque está atenta a la vanguardia: es su propia evolución que la lleva a tener esa voz tan particular: inteligente, sensible, profunda y con gran sentido poético”.

Manuel Gálvez, gran amigo de la poeta, la definió así: “Alfonsina Storni no pertenecía al tipo de escritores que fríamente pegan con arte unas bellas palabras junto a otras bellas palabras. Puede afirmarse que se ha arrancado del alma cada uno de sus poemas. No ha habido en nuestra literatura un alma tan atormentada como la de ella. (…) Tenía un sentido trágico de la vida. Esa mujer apasionada, intuitiva, dolorida y bondadosa, conoció como nadie la soledad. Podría decirse que vivió huyendo de la soledad”.

El elegido final

Oh Mar, enorme mar, corazón fiero/ De ritmo desigual, corazón malo/ Yo soy más blanda que ese pobre palo/Que se pudre en tus ondas prisionero”.

Así comienza el poema “Frente al mar”, que integra su tercer libro, al que tituló Irremediablemente. Era el año 1919, Alfonsina tenía 27 años y ya plasmaba esas imágenes en su ánimo y en su arte, como intuyendo una predestinación de la cual no sería capaz de escapar.

Hacia 1935 su salud flaquea. Le detectan un tumor en el pecho, es operada, le extirpan el seno izquierdo, pero algo se quebranta en su interior y su humor se vuelve esquivo. Tanto que prefiere no seguir viendo a sus amigos y comienza a recluirse dentro de sí misma.

En 1937, su íntimo amigo Horacio Quiroga se suicida y al año siguiente también se quita la vida el escritor Leopoldo Lugones. ¿Acaso esas dos muertes previas hayan influido en la decisión de Alfonsina?

El 25 de octubre de 1938, con 46 años, la poeta elige el mismo final. Tres días antes había mandado su último soneto, “Voy a Dormir” al diario La Nación. Y esas palabras, ese anuncio de lo que vendría, fueron las últimas que dejó sobre el papel la gran poetisa argentina. O, simplemente, Alfonsina.