Cada día, a la salida y a la puesta del sol, miraba hacia occidente y se quedaba un buen rato contemplando esos picos nevados, de una de las cordilleras más empinadas del mundo, que debía vencer para llegar a Chile.

José de San Martín arribó a Mendoza en agosto de 1814, para hacerse cargo de la gobernación de Cuyo. Había estado en Saldán, en la provincia de Córdoba, reponiendo su salud, seriamente afectada por su breve paso por el Ejército del Norte, en Tucumán.

Allí terminó de redondear la idea de replantear la estrategia libertadora, para llegar a Lima por una ruta distinta a la del Alto Perú, que hasta allí había fracasado.

Su plan era pasar la cordillera de los Andes con un ejército capaz de derrotar a los realistas, liberar Chile y, desde allí, seguir a Lima por vía marítima, para liquidar el último bastión del poder español en América.

En apenas 20 meses, los que van desde agosto de 1814 a diciembre de 1816, organizó desde cero el ejército más poderoso jamás conocido en las Provincias Unidas del Río de la Plata, entrenado y pertrechado para la gran empresa.

El Cerro de la Gloria, en la ciudad de Mendoza evoca la presencia del Libertador

No sólo debió reclutar los 5200 hombres que se necesitaban, sino conseguir 10 mil mulas para transportar hombres y bagaje, caballos de pelea, reses en pie, armas, municiones, víveres, vestimenta, ponchos, forraje, leña, agua, y tantas otras vituallas.

En 1816 recibió dos buenas noticias: la declaración de la Independencia, una condición indispensable para iniciar una guerra convencional, y la designación de José María de Pueyrredón como Director Supremo.

El amigo y camarada, integrante también de la Logia Lautaro, le brindó un apoyo incondicional, disipando las vacilaciones políticas que aún existían en torno a la viabilidad del plan sanmartiniano.

Con ese impulso, se puso en marcha la cuenta regresiva para la partida, que finalmente se concretó entre el 18 y 19 de enero de 1917. La bandera de los Andes, cosida por las patricias mendocinas, bajo los auspicios de la Virgen del Carmen, patrona del ejército, al son de las charangas, las fanfarrias que acompañaban a las divisiones.

La primera columna, capitaneada por Juan Gregorio Las Heras, el 18 de enero enfiló hacia el Paso de Uspallata, seguido de la caravana conducida por Fray Luis Beltrán, portando el parque de artillería y las municiones. El grueso del ejército partió del campamento de El Plumerillo al día siguiente, dirigido por Miguel Estanislao Soler y Bernardo O’Higgins. A la retaguardia de esa columna marchaba el Gran Jefe, a una jornada del resto.

Todo estaba dado para escribir la gran página de la historia universal, que emulaba las hazañas de Aníbal y Napoleón, y que incluso la superaban, porque los montes europeos que, a su tiempo,  atravesaron el general cartaginés y Napoleón Bonaparte fueron Los Alpes, más bajos que la cordillera de Los Andes y mucho más transitables, según el juicio de la mayoría de los historiadores.

Un milagro patriótico, podría decirse, porque si no hubiera sido por el amor a la libertad, el coraje y jerarquía del conductor y sus hombres, no hubiera sido posible.