Por Roberto Romeo Di Vita
Escritor

Haber asistido al Centenario de la Revolución Rusa, es uno de esos acontecimiento que se marcan en la vida con recuerdos inolvidables.

Estuvimos en la misma fecha, con las vísperas y desenlaces, cien años después,  cuando los Soviet, la unión de obreros, campesinos y soldados, alertados por el disparo del Crucero Aurora, salieron esa madrugada desde las comités y calles de San Petersburgo, a tomar el Palacio Zarista por asalto y esa vez sí, el cielo de la revolución y el triunfo de la solidaridad bajó a la tierra.

Dirigidos por el Comité Revolucionario y la claridad genial de Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, el nuevo gobierno de los Soviet, venció y una nueva vida laboriosa y de igualdad, se echó a andar.

La numerosa delegación argentina que llegó hasta San Petersburgo (antes Leningrado) sembró las calles peterburguesas, especialmente la Avenida Nevski y sus alrededores,  con marchas y caminatas entusiastas que poblaron decenas de lugares y  le dieron a esa inmensa y hermosa ciudad un toque de entusiasmo en ese centenario de la Revolución.

Visitamos la imponencia del Palacio Museo Hermitage, donde reinaran a sus anchas y arbitrios todos los zares y zarinas de la antigua Rusia, hoy transformado en Palacio de Arte, con tal cantidad de obras originales, que llevaría varios años conocerlas todas.

Las iglesias rusas son imponentes, por su construcción, sus frisos y pinturas. Conocimos decenas de ellas y el Palacio de Santa Catalina, en las afueras de San Petersburgo, reconstruido en su totalidad, luego de la destrucción nazifacista con sus  millones de botas asesinas alemanas y la Legión Azul del franquismo español.  Ambos mordieron el polvo de la derrota cuando los combatientes rompieron el terrible cerco a esa ciudad y fue una de las más grandes batallas ganadas a los nazis.

Tuvimos la suerte de visitar el Crucero Aurora y estar presentes en la fiesta de luces de colores, de la historia de Rusia, en la Plaza, contínua al Hermitage,  junto a centenares de miles de rusos.

Viajamos de San Petersburgo a Moscú, durante la noche, en el legendario tren transiberiano como una experiencia también inigualable y de mañana llegamos a Moscú, para alojarnos en el Hotel Budapest, cuya fachada lleva el relieve de la figura de Lenin.

Estuvimos a pocas cuadras del Bolshoi, teatro dedicado al insuperable ballet ruso. Visitamos el Metro moscovita, con sus estaciones decoradas en Homenaje a la Revolución y a la historia del pueblo  soviético, escaleras mecánicas que llevan a 75 metros de profundidad, trenes que corren con la frecuencia de un minuto, murales en las bóvedas de las estaciones, mármoles esculpidos, monumentos, esculturas, pinturas, que hacen de varias de estas estaciones  un tesoro cultural de la humanidad.

Una estación, la más bella, está dedicada a la Revolución de Octubre.

Visitamos el Museo Histórico de la Segunda Guerra Mundial   dedicado al  gran triunfo del Ejército Rojo sobre el nazismo. Uno de los que fuera refugio atómico de la guerra fría y entre otros lugares, el maravilloso Museo Espacial con la foto de Gagarin, cosmonauta soviético que fue el primer hombre que salió de la tierra al espacio.

Y llegó el 7 de noviembre;  caminamos desde nuestros hoteles y ya en la marcha nos fuimos encontrando con otras delegaciones internacionales, la de Italia, la de los camaradas brasileños, (uno de estos camaradas me regaló un prendedor muy bonito, que dice “100 ANOS REVOLUCAO RUSSA BRASIL PRESENTE) la enseña de ese país hermano y la bandera roja con la estrella, la hoz y martillo universal.

Nos cruzamos con los franceses. Un tenor potente encabezaba  a sus compañeros, ceñido de la banda tricolor, entonando la marsellesa y la internacional en francés.

Hicimos amistad con los chinos, los eslovacos, los españoles, los chilenos, los búlgaros, los paquistaníes y entre tantos compañeros del mundo, con los rusos y las  rusas bonitas de la delegación anfitriona.

Muy temprano comenzó el acto por la Conmemoración de los 100 años de la Revolución Rusa y terminó muy avanzada la noche moscovita.

Decenas de oradores de todas partes del mundo tomaron la palabra, también los comunistas y los miembros de la juventud comunista rusa.

Una nota muy especial pusieron estos últimos, con sus trajes de marineros, rememorando a los heroicos marinos del acorazado Aurora

El acto más emotivo fue cantar La Internacional  ese día  en la Plaza, entonada en varios idiomas.

Todas las luchas y todos los anhelos, por un mundo mejor, comunista, de nuevo tipo y más humanista, vibró en ese acto y en las calles de Moscú, donde la fecha de la Revolución de Octubre, de los hombres y mujeres soviéticas, dieron el primer y glorioso paso, por un mundo más justo y mejor y demostraron que se podía, que se pudo y se podrá seguramente, en el acontecer futuro de los tiempos.