Entre los siglos XVI y XIX los mascarones de proa decoraron las aguas de todo el mundo. Colocados en la delantera de los barcos, eran los encargados de apaciguar los mares y proteger las naves de la furia de Poseidón. Diosas, animales mitológicos y diversos escudos de armas predominaron en las embarcaciones a vela, y luego a vapor, prolongándose en una tradición que culminó en el siglo XX.

A fines del siglo XIX, el viejo puerto de La Boca aún recibía decenas de barcos europeos, los cuales eran reparados en sus astilleros. El 24 de junio de 1887, detrás del gran crucero Almirante Brown, el vapor Eolo —ensamblado en 1886 en Dumbarton (Escocia) por la empresa William Denny & Brothers— llegaba por primera vez a Buenos Aires.

Pocos meses después, el buque Venus —gemelo del Eolo— también tocaba las costas porteñas. Ambas naves fueron adquiridas por la empresa naviera La Platense Flotilla Co. de Nicolás Mihánovich y, durante casi treinta años, recorrieron el Río de la Plata uniendo los muelles de Buenos Aires, Montevideo y Asunción.

Por ese entonces, los astilleros de La Boca reparaban cientos de barcos y los artesanos del barrio producían y restauraban los mascarones de proa.

Con el correr de las décadas, los buques a vapor abandonaron el uso de las esculturas de madera, las cuales eran descartadas. Ese fue el destino de los mascarones del Eolo—hundido en 1928— y del Venus —desguazado en 1935—.

Fue el célebre artista argentino Benito Quinquela Martín quien decidió rescatar los enormes mascarones y exhibirlos al público del barrio.

Hoy el Museo de Artistas Argentinos Benito Quinquela Martín es el único en la Argentina que cuenta con una sala dedicada a los mascarones de proa.

Su director, Víctor Fernández, explica la importancia de este patrimonio histórico: “Estas piezas no eran consideradas objetos de colección y el primero que vio su valor artístico fue Quinquela Martín. De casi dos metros de altura, los mascarones Eolo y Venus son parte fundamental de una puesta en valor profunda e integral de nuestro patrimonio. Por eso recurrimos a los especialistas del Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural (TAREA-IIPC) de la UNSAM”.

El viento y la belleza

Los mascarones de proa eran los amuletos de protección de los barcos. La diosa romana Venus, con su gran hermosura, era la encargada de seducir a Poseidón —dios griego de todos los mares— para calmar las aguas. Al mismo tiempo, el dios Eolo, que controlaba todos los vientos, tenía la función de guiar las naves para que tuvieran buena fortuna.

Sergio Medrano, docente e investigador de TAREA-IIPC a cargo del proceso de restauro de los dos mascarones, describe el estado de conservación de las piezas: “Los mascarones llegaron en muy buenas condiciones, siguen estables a pesar de sus 140 años. Lo complejo será definir la propuesta de tratamiento, porque además de los embates del tiempo sufrieron muchas intervenciones”.

El proceso de restauro de una obra siempre es un desafío. Para encarar este trabajo, los investigadores de la UNSAM realizan primero un estudio documental en el que se recopila toda la información disponible sobre las piezas. Luego someten la madera a estudios radiográficos y estratigráficos para detectar la presencia de hongos e insectos. Por último, se procede a la intervención manual. “La propuesta de intervención es el último paso, y responde a los pasos previos que nos permiten tener una idea general de la obra. Gracias a la documentación y los análisis iniciales, la propuesta de tratamiento siempre está bien fundamentada”, detalla Medrano.

El equipo de restauro del TAREA-IIPC está integrado por los investigadores Sergio Redondo, Catalina Fara, Noemí Mastrangelo, Florencia Castellá y Sabrina Díaz. La puesta en valor de las obras fue declarada de interés cultural y financiada por el Programa de Mecenazgo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Mascarones de barrio

Víctor Fernández cuenta que los mascarones fueron parte del inicio del arte en el barrio de La Boca y muestran la impronta de Benito Quinquela Martín como coleccionista. “Son piezas que nacen en los astilleros o en la casa de algún artesano a la vera del Riachuelo. Son del río, al igual que el barrio”, explica.

A fines del siglo XIX y principios del XX, los artesanos de La Boca dejaron de lado la tradición mitológica de los mascarones y comenzaron a producir esculturas a pedido de los dueños de los barcos. Dichas figuras conservaban la función mágica de protección y buenaventura, pero en lugar de representar a dioses o animales fantásticos retrataban a la familia del marinero, quien de ese modo se llevaba a sus seres queridos en la travesía.

“El museo de Quinquela Martín fue una trinchera desde la cual el artista impulsó sus ideas respecto de la función social del arte. En esa propuesta de integración del arte a la vida de la comunidad los mascarones permitían mostrar los inicios de las producciones culturales nacidas en el puerto. Esa fue una preocupación continua de Quinquela. De ahí la realización de sus murales, sus obras en el exterior y la calle Caminito”.