Gustavo Menéndez preside desde hace cuatro meses el peronismo bonaerense. Se autoimpuso desde entonces la compleja misión de unir los retazos de un partido en crisis que viene de tres derrotas al hilo en lo que supo ser por décadas un bastión inexpugnable.

El objetivo de hacer confluir al kirchnerismo y a los sectores peronistas no K liderados en la provincia por Sergio Massa y Florencio Randazzo, es tan ambicioso como improbable. Definirse como un instrumento para articular entre ambos sectores y facilitar una amplia Primaria de la que surjan los candidatos -rol que se autoasignó apenas se hizo cargo de la conducción partidaria-, pareciera serlo aún más.

La cumbre de Gualeguaychú que acaba de celebrar el peronismo refractario a Cristina Kirchner y La Cámpora, ratificó el naufragio de ese intento que ensayó Menéndez. Nada es definitivo, mucho menos en política. Pero intentar exhibir dotes de equilibrista en un partido plagado de divisiones, desconfianzas y proyectos contrapuestos, no pareciera ser un aventura a la que le aguarde un final que no sea el que se encontró el también intendente de Merlo.

Hay que reconocerle al titular del PJ bonaerense que intentó cumplir con la idea de ser facilitador de la unidad. Concurrió a la cumbre de San Luis que terminó siendo monopolizada por Amado Boudou y otras notorias figuras ultra K. Buscó, con ese mismo fin, sentarse a la mesa que sirvieron: el portavoz de buena parte de los gobernadores Miguel Angel Pichetto, Massa y Randazzo. La excursión a Gualeguaychú terminó antes de empezar: dicen que recibió alguna “sugerencia” de que no había lugar para ambigüedades en aquella tenida entrerriana.

“Estamos sin brújula”, definen no pocos dirigentes del PJ provincial. Los tiempos para la reconfiguración peronista y el debate sobre el rol frente al Gobierno se han acelerado, y la conducción bonaerense parece haber quedado en la sombra de la indefinición.

El debate cruza el partido. El kirchnerismo asoma en cualquier discusión por razones obvias: la ex presidenta sigue siendo la dirigente peronista con más intención de voto, aún cuando su techo electoral sea bajo. Esa condición la transforma en un imán del que quieren zafar algunos y que se vuelve irresistible para otros.

La conducción peronista amagó con diferenciarse de Cristina, pero nunca terminó de romper lanzas con ella.

Hay otras cuestiones que se cruzan en la discusión. Por caso, la relación con María Eugenia Vidal.

Los intendentes dialoguistas -la mayoría de ellos integra la conducción del partido- sellaron un acuerdo de gobernabilidad con la mandataria de Cambiemos. Le facilitaron la aprobación del Presupuesto y es probable que hagan lo propio a fin de año con el cálculo de recursos y gastos de 2019.

A cambio han conseguido algunos espacios de poder. Se quedaron con la vicepresidencia de la Cámara de Diputados bonaerense y están a punto de cobrarse otra deuda: por estos días Menéndez intenta imponer en una negociación abierta con la Gobernación, un dirigente de su confianza para uno de los sillones vacantes en el directorio del Banco Provincia con su cadena de asesores a cuesta. Se habla de que el elegido sería Franco La Porta, actual concejal de San Miguel y ex funcionario sciolista.

El PJ bonaerense se apresta a ir por otro espacio que deberá cubrirse en breve: una de las vocalías vacantes en el Tribunal de Cuentas. Otros de los trofeos de la gobernabilidad bonaerense a la que es ajeno, por voluntad propia y estrategia política, el kirchnerismo.

El oficialismo observa con atención estos movimientos peronistas. La definición de Pichetto ‘No tenemos nada que ver con la ex presidente ni con La Cámpora’, es música para los oídos de Cambiemos. La dispersión del PJ se transforma en un elemento funcional para el plan reeleccionista que alimentan Mauricio Macri y Vidal.

Pero el PRO y sus socios tienen sus propias cuitas. Acaso menos altisonantes que las peronistas, pero no por eso carentes de tensión.

El radicalismo comenzó a mostrar su inquietud días pasados cuando en Carhué un grupo de dirigentes lanzó la postulación del vicegobernador Daniel Salvador para renovar el binomio con Vidal.

La UCR teme que el macrismo vaya por todo y lo desaloje de la fórmula provincial. La movida preventiva no cayó bien en la Gobernación. Casualidad o no, días después, como quien no quiere la cosa, el ministro de Seguridad Cristian Ritondo no descartó acompañar a Vidal en la fórmula.

Salvador acaso haya leído aquél mensaje entre líneas: salió a bajarle el tono al empuje de sus correligionarios con el salomónico “no son tiempos de hablar de candidaturas”.

Ese repliegue no tapa las desconfianzas. Los radicales se reunieron en las últimas horas en Mendoza y reclamaron “igualdad” con el PRO en Cambiemos. Allí estuvo, entre otros, Salvador.

La cuestión va ganando temperatura en la provincia porque en la UCR quieren empezar a influir en algunos municipios grandes. Y han puesto en la mira a Mar del Plata donde tienen candidatos instalados para darle la pelea al cuestionado intendente Carlos Arroyo.

Arroyo integra Cambiemos desde su propio espacio vecinalista y acaba de anunciar que será candidato por dentro o por fuera del oficialismo, en abierto desafío a Vidal que quiere en su lugar al diputado nacional macrista Guillermo Montenegro. Los radicales quieren terciar en esa disputa con nombres propios y ofrecen a Vilma Baragiola y al diputado Maximiliano Abad. Gobernaron esa ciudad y buscan revivir viejas épocas.