El prócer Manuel Belgrano, es una figura histórica que trasciende a la creación de la Bandera Nacional. En un nuevo aniversario de su fallecimiento, en 1820, evocamos su perfil de estadista

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano poseía una vasta preparación intelectual adquirida en los centros de estudios de Buenos Aires y Europa.

Tenía discreto manejo de idiomas: italiano, francés, inglés, castellano y algunas lenguas indígenas. La situación europea le permitió avizorar los cambios que provocaba la Revolución Moderna: sociales (derechos del hombre y del ciudadano); económicos (mercantilismo-capitalismo); tecnocientíficos (Revolución Industrial); educativos; políticos (Ilustración); culturales y religiosos.

Difundió a través de la prensa las nuevas ideas y como Secretario del Consulado se propuso tres objetivos, a través de un plan bien estructurado: fomentar la agricultura ganadería; animar la industria y proteger el comercio interno y externo. Su visión fue integradora y americanista. Se movió con diligencia y sentido práctico respecto a la realidad que le tocó vivir. Atendió a las necesidades reales del país.

Belgrano es uno de los pocos hombres públicos que a través de su actividad como funcionario del Estado Hispanoamericano y luego como promotor de Revolución de 1810, se ocupó con verdadero sentido de estadista en promover el bien común.

El bien común tiene para él categoría ética y lo coloca por encima de los intereses particulares y en buena medida de los intereses de la mayoría.

Es un bien porque está consustanciado con la naturaleza del hombre y su desarrollo como ser humano (persona). Todos los escritos de Belgrano son una teoría fundada en el bien común, pues para él es fuente importante porque de él pueden participar todos los que forman la comunidad social.

El bien común permite el desarrollo de todo el hombre y todos los hombres; insiste en la capacitación y educación de la familia, donde se debe aprender en comunión de amor las conductas para integrarse en la sociedad.

La salud, la educación, el trabajo, la conservación del medio ambiente son para Belgrano parte del bien común. Belgrano plantea la dimensión teologal del bien común, ya que la plenitud del ser humano resulta imposible sin Dios: “Bien común trascendente y supremo para todos los hombres”.

En todos sus escritos memorias y correspondencia expone estos conceptos sobre todo el influjo benéfico de la religión y la importancia de la familia. Educación y una vida equilibrada que sólo provocaría un humanismo estéril, cerrado sin Dios.

Belgrano señala los contenidos temporales del bien común:

1) respeto a la persona y a sus derechos inalienables;

2) bienestar social y desarrollo de los grupos que integran la sociedad;

3) la libertad, la solidaridad y paz entre las distintas comunidades para la estabilidad y seguridad de la sociedad;

4) la unidad es un bien que debe estimarse por encima de otros bienes para alcanzar desarrollo integrador. Se debe evitar la corrupción, la inequidad, el ocio y toda gama de los vicios que derrumban a la comunidad.

Belgrano sostiene que el bien común permite el desarrollo de las personas y se concreta a través de la prudencia que debe tener cada miembro social, en especial las autoridades que ejercen el poder.

La preocupación del bien común, categoría ética para Belgrano, es uno de los mayores aportes de su pensamiento muy poco conocido en nuestra Historia Nacional. Lo encontramos en: Reglamento de las Escuelas donadas a las Provincias del Norte; las Instrucciones y Reglamentación de las milicias patrióticas de Misiones; las disposiciones colocando en igualdad de condiciones a los indios y a los españoles americanos; las medidas sobre el poblamiento y reparto de las tierras públicas a los indios; el apoyo a los indios pampas, tehuelches, pehuenches, que conocían de la cría de los ganados de pelo largo utilizados en la producción textil; los manuales internos para atender a los deberes morales y éticos de los ciudadanos enrolados en el Ejército; las advertencias sobre el sentimiento religioso y la acción de las parroquias; los reales intereses sociales y económicos de los Pueblos; la integración americana e incluso un sentimiento panamericanista que se advierte con la traducción del discurso de despedida de G. Washington al pueblo de los Estados Unidos de América.

Belgrano orienta su labor hacia el bien común, como un instrumento que permite desarrollar la capacidad creativa del hombre a través de la familia, el trabajo, la educación y el amor a Dios.

Qué bien nos haría hoy poner en práctica estos principios belgranianos!