“Tuvieron que pasar 50 años de servicio en Madagascar para que tenga a una conferencia de prensa en la Argentina. Los felicito por interesarse en mí” dijo, ayer, el padre Pedro Pablo Opeka, en una conferencia de prensa.

El sacerdote argentino, nacido en el partido de San Martín, hijo de emigrantes eslovenos, contó cómo, a ejemplo de sus padres, aprendió en el seno de la familia el amor por la fe, por el trabajo, por la verdad, el respeto y la honestidad. “Yo nunca tuve nada, y al mismo tiempo lo tengo todo. Porque cuanto más compartí, cuanto más di, más recibí”, manifestó el religioso que presentó su libro “Rebelarse por amor”.

“Me sorprende cómo pude vivir 50 años en Madagascar en un ambiente tan hostil” confesó el sacerdote

En esas páginas comunica la misión que realiza en Akamasoa, Madagascar, desde hace casi cincuenta años. “Una gracia de Dios me ha sido dada y la pongo al servicio de un pueblo que me ha aceptado como amigo y como hermano: el pueblo malagasy” “Rebelarse por amor”, según explicó su autor “trata de despertar un espíritu en la gente, para que resurjan en ellos las responsabilidades, para que ellos se sientan personas, seres humanos que tienen derechos en la sociedad y también deberes,” indicó.

“Comprendí que la violencia no es la solución a ningún problema” dijo Opeka y agregó que través de este libro, “quiero ayudar a mis hermanos a tomar conciencia de que pueden resolver los problemas por medios pacíficos, y sobre todo con la verdad. Amen la verdad porque los hará libres”.

“No le tengo miedo a la verdad”. Recordó cómo a sus 17 años, leyendo los Evangelios descubrió a un hombre llamado Jesús que lo “convenció” con lo que había hecho, vivido y denunciado, con sus gestos de fraternidad, “el gran amigo de los pobres”, que vivió pobre, con compasión hacia el ser humano que sufre: “Esa simplicidad, humildad, coraje y valor que tenía Jesús me convenció y pensé: ‘a Él, a este Señor, yo lo quiero imitar’, y estoy tratando de hacerlo desde hace 43 años”, relató.

Un 20 de agosto de 1968 partió en barco hacia Madagascar. Pasó allí dos años de misionero como seminarista. Luego regresó a la Argentina y se ordenó sacerdote en la basílica de Luján el 28 de septiembre de 1975.

Ese día su intención fue: “pido a Dios que nunca traicione la causa de los pobres, por ellos me hice sacerdote, a ejemplo de Jesús”.

Opeka se ordenó sacerdote en la basílica de Luján el 28 de septiembre de 1975

Con un contundente mensaje a los políticos, instó a los países integrantes del G20 a “que sean más rápidos en ayudar, porque, ¡hay tanta lentitud administrativa!”, expresó.

“Les pido a quienes dirigen las naciones, que se ocupen realmente, porque fueron elegidos por un programa, para desarrollar y unir a su país y ser garantes de la justicia social”, exhortó. “Yo no hago nada, solo mi deber como ser humano, como cristiano y como sacerdote”, e invitó a cada uno a hacer lo mismo.

Se autodefine como un “sobreviviente” por las múltiples enfermedades que atraviesan al pueblo africano: “Me sorprende cómo pude vivir 50 años en Madagascar en un ambiente tan hostil desde el punto de vista de la salud”, confesó. En los años 70, eran devastadoras en Madagascar el cólera y el paludismo. Contempló la muerte muy de cerca, en amigos, compañeros y habitantes de las comunidades que habitó.

Sobre su nominación al Premio Nobel de la Paz anunció: “es un premio tan político y yo soy sacerdote, ¡tengo muy pocas chances de recibirlo!”.

Declaró que si lo recibe lo utilizará para hablar más fuerte en el mundo entero: “Yo no tengo armas, pero Dios me dio una voz. Mi arma es mi voz”. Y dictaminó: “¡A mí la gente de mi pueblo me da el premio noble de la paz todos los años!”.

Al ser interrogado sobre su espíritu de valentía y perseverancia en la misión, manifestó: “La gente piensa que yo tengo una fórmula mágica para cuando me engañan, me mienten o me roban. Pero no. Yo también sufro, estoy herido, me duele y lloro de rodillas, delante del Señor y le digo “¡ayudame!’”. “Madagascar no puede explicarse, sólo puede vivirse”, concluyó.