Por Enrique Mario Mayochi
Docente, historiador y periodista *
Ningún período en la vida de José de San Martín, el Libertador, fue más indicativo de la firmeza de su espíritu americanista que el corrido entre su entrevista con Bolívar en Guayaquil y su salida del Perú, despojado ya de la pesada carga del Protectorado.
Fue en ese crucial momento de su vida cuando demostró con hechos encarnados en su persona cuánto había sostenido desde siempre.
Con el comienzo de 1822 se hizo evidentísima la necesidad de una cooperación militar entre las tropas que, respectivamente, mandaban Simón Bolívar y José de San Martín para lograr el triunfo final sobre quienes se oponían a la independencia de América y a su definitiva constitución política.
Por ello, luego de aprobar el envío de parte de sus tropas al Ecuador para ayudar así a las mandadas por Sucre, San Martín se decidió en febrero a entrevistarse con Bolívar, quien había anunciado su propósito de ir a Guayaquil. Cuando se aprestaba a partir de Lima, San Martín explicó públicamente las razones de su viaje con estas palabras:
“La causa del Continente Americano me lleva a realizar un designio que halaga mis más caras esperanzas. Voy a encontrar en Guayaquil al Libertador de Colombia. Los intereses generales del Perú y de Colombia, la enérgica terminación de la guerra y la estabilidad del destino a que con rapidez se acerca la América hacen a nuestra entrevista necesaria ya que el orden de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables del éxito de esta sublime empresa”.

La entrevista que no pudo efectuarse en esta ocasión se haría meses después, entre el 25 y el 27 de julio de 1822.
Y como en ella no se llegó al gran acuerdo deseado por San Martín para favorecer la rápida conclusión de la lucha por el definitivo triunfo de la causa americana, el vencedor de Maipú resolvió inmolarse, abnegarse, para que el objetivo se alcanzara.
Inútil es, nos parece, seguir rodeando a la entrevista de Guayaquil de un halo de misterio que no se compadece ni con la realidad de los hechos ni con cuanto puede razonarse sobre la base del sentido común y de una afinada perspectiva política.
Cuanto se trató entre los dos libertadores está suficientemente explicado en la carta que San Martín envió a Bolívar desde Lima el 29 de agosto de 1822 y cuya copia, facilitada por aquél, publicó en 1844 el marino francés Gabriel Lafond de Lurcy en su libro “Voyages autour-du monde et voyages célebres. Voyages dans les deux Ameriques”.
Mas si para muchos resulta discutible la autenticidad de este documento , publicado cuando aún vivía San Martín, se convendrá en que lo allí afirmado es exacto porque coincide en sus líneas fundamentales con lo expresado por San Martín en la carta que remitió desde Bruselas, el 19 de abril de 1827, al general Guillermo Miller, quien para la redacción de sus Memorias habíale requerido datos sobre la famosa entrevista.
“En cuanto a mi viaje a Guayaquil – manifiesta San Martín a Miller-, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú: auxilio que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha, se había aumentado con los prisioneros y contaba 9.600 bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles sólo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza de 1.070 plazas (N. del A.: en realidad, 1.700). Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido de que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia: Así es que mi resolución fue tomada en el acto creyendo de mí deber hacer el último sacrificio en beneficio del país. Al siguiente día y a presencia del vicealmirante Blanco, dije al Libertador que habiendo convocado al Congreso para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de mi permanencia en el Perú, añadiendo: Ahora le queda a Ud. general, un nuevo campo de gloria en el que va Ud. a poner el último sello a la libertad de la América. Yo autorizo y ruego a Ud. escriba al general Blanco a fin de ratificar este hecho. A las dos de la mañana del siguiente día me embarqué habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato con una memoria de lo sincero de su amistad. Mi estadía en Guayaquil no fue más que de 40 horas, tiempo suficiente para el objeto que llevaba”.
Y conociendo la sinceridad con que perpetuamente obró San Martín, no puede caber la menor duda de que durante la entrevista , como se lee en la denominada Carta de Lafond, ofreció a Bolívar servir a sus órdenes con las fuerzas a su mando.
Resultando imposible conseguir del libertador de Colombia los auxilios que había ido a demandarle, San Martín propuso durante la entrevista la unión de los ejércitos con la conducción bolivariana.
Esto se conjuga perfectamente con el pensamiento sanmartiniano expuesto en la antes recordada carta a Artigas: “Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad”.
Cuando San Martín retornó a Lima, su decisión, la gran decisión, estaba tomada. Y acordada consigo mismo, en lo más íntimo de su conciencia, aún al margen de los hechos que por entonces ocurrían en el Perú, entre los que no era el de menor cuantía la deposición de su ministro Monteagudo, producida el 21 de julio, el día precisamente en que él había llegado a Guayaquil.

El 20 de septiembre de 1822 se realizó la solemne instalación del Congreso Peruano -ante cuyos miembros el Protector se despojó de los atributos materiales del mando- y por la tarde, acompañado por el fiel amigo Tomás Guido, San Martín se marchó a la quinta de La Magdalena, en las cercanías de Lima.
Caía la noche cuando el Libertador participó a su confidente el propósito de embarcarse pocas horas después y dirigirse a Chile. Desconcertado y afligido, casi en el límite de la desesperación, Guido intentó disuadirlo argumentando que era fatal la decisión para la lucha por la independencia americana y la libertad de los pueblos.
El héroe, profundamente conmovido y con palabra emocionada, respondióle así: “Todo lo he meditado, no desconozco ni los intereses de América ni de mis deberes, y me devora el pesar de abandonar camaradas que quiero como hijos y a los guerreros patriotas que me han ayudado en mis afanes: pero no podría demorarme un solo día sin complicar mi situación: me marcho. Nadie, amigo, me apeará de la convicción en que estoy de que mi presencia en el Perú acarrearía peores desgracias que mi separación. Así me lo presagia el juicio que he formado de lo que pasa dentro y fuera de este país. Tenga usted por cierto que por muchos motivos no puedo ya mantenerme en mi puesto, sino bajo condiciones decididamente contrarias a mis sentimientos y a mis convicciones más firmes. Voy a decirlo: una de ellas es la inexcusable necesidad a que me han estrechado, si he de sostener el honor del ejército y su disciplina, de fusilar algunos jefes; y me falta valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos”.
El bueno de Guido intentó refutar lo escuchado arguyendo que para no llegar a derramar sangre, bien podíase alejar de las filas castrenses a los indignos, contándose para ello con el apoyo fervoroso de los soldados y de la mayoría de los jefes y oficiales.
“Bien aprecio -dijo- los sentimientos que acaloran a usted; pero en realidad hay una dificultad mayor que yo no podría vencer, sino a expensas del país y de mi propio crédito, y a tal cosa no me resuelvo. Lo diré a usted sin doblez: Bolívar y yo no cabemos en el Perú, he penetrado sus miras arrojadas, he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña; el no excusará medios, por audaces que fuesen, para penetrar a esta República seguido de sus tropas, y quizá entonces no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo.
Los despojos del triunfo, de cualquier lado a que se inclinase la fortuna, los recogerían los maturrangos, nuestros implacables enemigos, y apareceríamos convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No seré yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria, y preferiría perecer antes de hacer alarde de laureles recogidos a semejante precio. ¡Eso no!, entre tanto puede el general Bolívar aprovechar de mi ausencia; si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado, y algo más, me daré por satisfecho: su victoria sería, de cualquier modo, victoria americana”.
Y enseguida repitió con insistencia: “No, no será San Martín quien contribuya con su conducta a dar un día siquiera de zambra al enemigo, contribuyendo a franquearle el paso para saciar su venganza”.
Sí, San Martín se iba, mas no como quien hurta el bulto, sino como quien hace con esa ida un supremo acto de servicio.
Por eso deja escrita y dirigida al pueblo peruano una despedida pública que, a pesar de su laconismo, irradia en plenitud la grandeza de su decisión: “Presencié la declaración de la independencia de los Estados de Chile y del Perú. Existe en mi poder el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar el imperio de los Incas, y he dejado de ser hombre público: he aquí recompensados con usura diez años de revolución y de guerra. Mis promesas para con el pueblo en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos. La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga, es temible a los Estados que de nuevo se constituyen; por otra parte, ya estoy aburrido de oír decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de particular, y no más. En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas -como en lo general de las cosas- dividirán sus opiniones; los hijos de éstos darán el verdadero fallo”.
La posteridad ha dado largamente su fallo.
Por encima de argumentaciones sectarias o de estériles polémicas seudoeruditas, el pueblo americano y la historia consideran hoy la salida de San Martín del Perú como un acto de abnegación realizado en aras del definitivo triunfo de la causa independentista.





Los comentarios están cerrados.