
Por Roberto Romeo Di Vita – periodista y escritor
Por segundo año consecutivo, elegimos para vacacionar el hermano país del Uruguay.
Por distintas razones, la costa uruguaya es muy bella, sus paisajes son muy agradables, el trato de los uruguayos es muy cordial, la seguridad de sus rutas, (no se puede transitar a más de 90 km, por hora). Y todavía relativamente el cambio nos favorece.
Pero este año hasta el momento hubo dos accidentes fatales, uno protagonizado por un descabellado argentino al volante y otro por ladrones uruguayos que al tomar la autopista de contramano, troncharon las vidas de toda una familia, caso muy conocido.
Salimos el 17 de enero desde San Martín por la mañana, para arribar al transportador y cruzar a Colonia; de allí nuestra primera parada fue Montevideo, que tanto nos gusta visitar, allí tuvimos la primera experiencia de descubrir el Bar que frecuentaba el poeta Mario Benedetti. (Inspirador del poema).
Luego de un día en Montevideo partimos hacia La Paloma, lugar hermoso y pintoresco; luego descubrimos Punta del Diablo, paramos en un Hostal, recorrimos su puerto pesquero, pero demasiado concurrido, recién nos pudimos meter tranquilamente en el mar, en la playa de Santa Teresa, anteriormente pudimos visitar La Fortaleza, castillo militar de enormes dimensiones, construido por el imperio portugués, pero liberado por los españoles y luego reconquistado por los patriotas uruguayos.

En nuestro viaje llegamos hasta Chuy lado uruguayo; Chui lado brasileño, (sin ningún afán de comprar grandes cosas en Brasil); el asunto era tocar suelo brasileño y visitar unos amigos en la barra de Chui, que alquilaban una cabaña.
En Chui, busqué una casaca del San Pablo, que tiene los mismos colores que Chacarita Junior, no la conseguí, me tuve que contentar con un toallón del Club San Pablo, pero de muy mala calidad, destiñe a la primera lavada.
Nos llamó la atención los molinos de viento, para producir energía eléctrica no contaminante y más barata, creo que debe haber cientos de ellos en ese lugar.
Luego el regreso a Montevideo, recorrer de punta a punta la Avenida 18 de julio, visitar la ciudad vieja, sus bares, sus plazas, las comparsas uruguayas en un tablado, degustar el chivito en sus varios sanguiches enormes y la pintura del museo Joaquín Torres García.
Y cumplir con la visita al Bar de Mario Benedetti, inspirador de este poema…
Ocupamos la misma mesa de Mario Benedetti
Quiero decir que ocupamos la misma mesa
del Bar que frecuentaba Mario Benedetti.
Es decir, quiero escribir no sólo sobre esa mesa
del Bar de Mario Benedetti.
Si no decir que el Bar es el mismo,
pero tal vez la mesa haya cambiado.
Decir tal vez que el pensamiento
se va más allá de la ventana
del Bar San Rafael, que frecuentaba
Mario Benedetti y sus cafés,
o algún trago liviano
que bebía el poeta; me olvidé de preguntar
que bebía en esa mesa o almorzaba Benedetti.
Ya de nuevo el pensamiento divaga.
En esta mesa del Bar que ocupaba
El poeta, de este Bar, que oficiaba de oficina
y esto además, me contó el mozo,
que en ese sitio, el poeta leía, firmaba alguno que otro libro
y abría cartas con postales, que le enviaba
El nano Serrat y su compañera
desde algún rincón del mundo.
Cuatro veces escribí este poema en hojas sueltas,
para decir tan sólo
que ocupamos la misma mesa,
de Mario Benedetti.
Con un recuerdo impreso en la ventana,
y una pequeña foto y un poema.
Quiero sostener en este instante
que ocupamos la misma mesa
del Bar San Rafael, en Montevideo.
Miré a través de esa ventana
Y señalé a Mabel, que el poeta,
nos estaba mirando desde la calle
y se reía.
Enero 2017


